Guerra Cristera (2a parte)
Hay historias que no conocí porque las haya visto con mis propios ojos, sino porque aprendí a llevarlas en el corazón. Son historias que me fueron heredadas por quienes se negaron a olvidar.
“El que puede controlar el pasado también puede controlar el futuro. El que puede controlar el presente, controla el pasado.” George Orwell
Hace cien años, mi país atravesó uno de los momentos más difíciles de su historia. El 2 de julio de 1926 se publicó en el Diario Oficial de la Federación una reforma al Código Penal Federal impulsada por el presidente Plutarco Elías Calles. Aquella reforma, conocida posteriormente como la Ley Calles, entró en vigor el 31 de julio y cambió para siempre la vida de miles de familias.
Sí, justo mañana se cumplirán cien años exactos de su entrada en vigor.
Con frecuencia escucho discusiones sobre las fechas de inicio de este conflicto; sin embargo, más importante que recordar el día exacto es comprender lo que realmente significó para nuestro país. Hace un siglo, miles de hombres y mujeres decidieron defender con su propia vida el derecho fundamental a la libertad religiosa. Bajo el grito de “¡Viva Cristo Rey!”, ya que se negaron a permanecer indiferentes frente a un gobierno que buscaba someter y controlar la expresión pública de la fe.
Paradójicamente, hoy este capítulo de nuestra historia parece haberse normalizado en el olvido. Pocos mexicanos conocen con claridad qué fue la Ley Calles y cuáles fueron sus verdaderas consecuencias. Sólo hay que dar un vistazo a los libros de texto para, cuando mucho, encontrar apenas una mención en un par de renglones. Y como advertía el escritor George Orwell, controlar la memoria del pasado es también una forma de controlar el futuro.
Al revisar el contenido de la Ley Calles entendí que no se trataba únicamente de una reforma administrativa. Era un proyecto que buscaba someter la vida religiosa al poder del Estado. Pero ¿Qué establecía la Ley Calles?
La reforma incorporó al Código Penal un capítulo denominado “De los delitos y faltas en materia de culto religioso y disciplina externa”, mediante el cual el Estado asumía un control prácticamente absoluto sobre la vida religiosa del país. Entre sus disposiciones más relevantes destacan las siguientes:
Se prohibía que sacerdotes extranjeros ejercieran el ministerio en México y se autorizaba su expulsión del país. El historiador Jean Meyer documenta que, incluso antes de la publicación de la ley, para el 15 de marzo de 1926 ya habían sido expulsados 202 sacerdotes extranjeros.
Se impedía que instituciones religiosas impartieran educación en escuelas públicas o privadas, limitando el derecho de los padres de familia a elegir la formación de sus hijos.
Se castigaba hasta con seis años de prisión a los ministros de culto que emitieran opiniones sobre las instituciones públicas o promovieran la desobediencia a las leyes.
Se prohibía a los sacerdotes participar en asuntos políticos.
Todo acto religioso debía realizarse exclusivamente dentro de los templos.
Los ministros no podían portar hábitos o distintivos religiosos fuera de los recintos de culto.
Las iglesias no podían adquirir ni administrar bienes.
Los templos pasaban a ser propiedad de la Nación.
Estas no eran simples disposiciones administrativas, estos artículos reflejaban un proyecto político, una intención, que pretendía reducir la libertad religiosa al ámbito estrictamente privado y colocar la vida de las iglesias bajo el control del Estado.
También encontramos un episodio del que, convenientemente, casi nunca se habla: el intento del gobierno por crear la llamada Iglesia Católica Apostólica Mexicana, encabezada por José Joaquín Pérez Budar. Lejos de representar una auténtica libertad religiosa, buscaba fracturar la unidad de los católicos y debilitar a la Iglesia mediante una estructura afín al gobierno.
Frente a este escenario surgieron hombres y mujeres cuya valentía inspiró y continúan inspirando hasta nuestros días.
Uno de ellos fue Anacleto González Flores, quien impulsó una resistencia pacífica basada en la organización ciudadana y en el llamado boicot económico contra empresas vinculadas al gobierno. Su estrategia demostró que la defensa de la libertad también puede librarse mediante la participación cívica, la inteligencia y la resistencia no violenta.
Otro ejemplo extraordinario fue San José Sánchez del Río, un adolescente de apenas catorce años que decidió unirse al movimiento cristero y que, antes de entregar su vida, pronunció una de las frases más conmovedoras de nuestra historia: “¡Qué fácil es ganarse el cielo!”. Su testimonio permanece como un recordatorio de que existen convicciones por las que vale la pena entregar incluso la propia vida.
A cien años del inicio de la Guerra Cristera, la pregunta que nos debemos hacer, no es únicamente qué ocurrió en 1926. La verdadera pregunta es si las amenazas contra la libertad religiosa han desaparecido o simplemente han adoptado nuevas formas.
Tal vez hoy ya no existan las mismas leyes ni las mismas persecuciones. Sin embargo, continúan presentándose intentos por relegar la fe al ámbito privado. Existe una evidente discriminación social hacia quienes levantamos la mano para declarar: «Yo creo». Se han excluido las convicciones religiosas del debate público y se desacredita a quienes participan en la vida social inspirados por ellas.
La libertad religiosa nunca ha sido un derecho garantizado. Es una conquista que cada generación está llamada a defender.
Una de las enseñanzas más importantes que nos dejaron los cristeros no fue el enfrentamiento armado, sino la valentía de no renunciar a sus convicciones cuando hacerlo parecía más cómodo.
Cien años después, la pregunta sigue siendo la misma.
¿Seremos una generación que recuerde con gratitud el sacrificio de quienes nos precedieron o una generación que permita que su historia caiga en el olvido?
Porque olvidar la Guerra Cristera no solo significa perder una parte de nuestra historia. Significa correr el riesgo de repetirla.
Y tú, ¿de qué lado de la historia quieres estar?


IMAGENES CREADAS POR IA




