🖋️A 100 años de la Guerra cristera (1a parte)
“Al Rey la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios.” Calderón de la Barca.
La Guerra Cristera no surgió de la noche a la mañana. Tampoco fue la reacción a un solo decreto o a un gobierno en particular. Fue el desenlace de más de dos siglos de tensiones entre el poder político y la Iglesia católica en México. Cuando la persecución religiosa alcanzó su punto más crítico, miles de mexicanos respondieron con valentía: primero con la oración y, cuando consideraron agotadas las vías pacíficas, también con las armas.
Ese fue, sin duda, el mismo espíritu que inspiró la célebre frase de Calderón de la Barca: la disposición de los cristianos a entregar la vida antes que traicionar su conciencia. Con ese ideal, miles de católicos se levantaron en 1926 al grito de:
¡VIVA CRISTO REY!
Siglo XVIII
Las reformas borbónicas, impulsadas durante el reinado de Carlos III en el siglo XVIII, fortalecieron el regalismo, una doctrina que ampliaba la autoridad del rey sobre la Iglesia en sus dominios. En la Nueva España, la Corona redujo los privilegios eclesiásticos, expulsó a la Compañía de Jesús en 1767, limitó la autonomía de los obispos y afectó el patrimonio de diversas instituciones religiosas mediante la Real Cédula de Consolidación de Vales Reales (1804). El objetivo era claro: incrementar el control político y fiscal del Imperio.
La expulsión de los jesuitas tuvo un fuerte impacto. Más de 600 miembros de la Compañía de Jesús fueron obligados a abandonar la Nueva España, lo que provocó el cierre de colegios, seminarios y misiones, además de la confiscación de sus bienes.
Aunque durante el siglo XVIII no hubo una persecución sangrienta contra la Iglesia, sí existió una política sistemática para reducir su influencia y subordinarla al poder del Estado.
Siglo XIX
En el siglo XIX la situación cambió radicalmente. Aquí sí hablamos de una persecución abierta y, en distintos momentos, violenta contra la Iglesia católica.
Las Reformas Liberales (1855-1860), impulsadas por Benito Juárez y Miguel Lerdo de Tejada, buscaron disminuir el poder eclesiástico mediante la Ley Juárez (1855), la Ley Lerdo (1856), la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma (1859). Estas disposiciones nacionalizaron los bienes del clero, suprimieron las órdenes religiosas, cerraron conventos y eliminaron el fuero eclesiástico.
Más de 1,500 propiedades de la Iglesia fueron nacionalizadas, el clero perdió su personalidad jurídica y desapareció el diezmo obligatorio. Estas medidas desembocaron en la Guerra de Reforma (1858-1861), un conflicto civil que consolidó la separación entre la Iglesia y el Estado y transformó profundamente la vida religiosa en México.
Siglo XX
Entre 1900 y 1925, la relación entre el Estado mexicano y la Iglesia pasó de una coexistencia tensa a un enfrentamiento cada vez más directo.
Durante el Porfiriato, aunque las Leyes de Reforma siguieron vigentes, su aplicación fue más flexible. Este periodo, conocido como la Pax Porfiriana, permitió una recuperación parcial de la vida eclesial.
Sin embargo, entre 1914 y 1917 la situación volvió a deteriorarse. En esos años:
Más de 100 sacerdotes fueron asesinados o murieron a causa de la violencia revolucionaria.
Varios obispos fueron expulsados o forzados al exilio.
En algunas regiones, los seminarios cerraron casi por completo.
En estados como Jalisco, la vida sacramental quedó prácticamente paralizada durante varios meses.
Después de la Revolución, la Constitución de 1917 endureció las restricciones contra la Iglesia mediante los artículos 3, 5, 24, 27 y 130:
Artículo 3.º: estableció la educación laica.
Artículo 5.º: prohibió las órdenes religiosas.
Artículo 24: limitó el ejercicio público del culto.
Artículo 27: prohibió que las iglesias poseyeran bienes inmuebles.
Artículo 130: sometió jurídicamente al clero al control del Estado.
Estas disposiciones comenzaron a aplicarse y fueron limitando cada vez más la libertad de acción de la Iglesia católica, afectando también a millones de fieles.
Entre 1924 y 1925, durante los primeros años de su gobierno, Plutarco Elías Calles endureció la aplicación de las disposiciones anticlericales e impulsó la creación de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana, una organización separada de Roma, con el propósito de debilitar la influencia de la Iglesia católica en México.
Estas medidas no fueron improvisadas. Años antes, como gobernador de Sonora (1915-1919), Calles ya había puesto en práctica una política abiertamente anticlerical: restringió el culto público, ordenó el cierre de templos, expulsó a varios sacerdotes y promovió una educación pública no solo laica, sino también marcadamente anticlerical. Convencido de que el clero representaba un obstáculo para el proyecto revolucionario, trasladó posteriormente esa visión al ámbito nacional. Todo ello preparó el escenario para el conflicto religioso que estallaría en 1926 con la persecución derivada de la aplicación de la llamada Ley Calles.
Para miles de mexicanos, aquello dejó de ser únicamente un conflicto entre la Iglesia y el gobierno. Fue una agresión directa contra su libertad para vivir y practicar su fe.
Entonces llegó 1926.
Ese fue el año en que muchos mexicanos dejaron de ser espectadores para convertirse en protagonistas de una de las páginas más intensas de nuestra historia:
La Cristiada
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